Iguales: Acabemos con la desigualdad extrema. Es hora de cambiar lasreglas.
De Ghana a Alemania, de Sudáfrica a España, la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor. Sietede cada diez personas viven en países en los que la desigualdad económica es peor hoy que hace 30
años. En enero de 2014, Oxfam ha calculado que tan solo 85 personas poseen tanta riqueza como la
que comparten la mitad más pobre de la población mundial. La desigualdad económica ha alcanzado
niveles extremos.
Las sociedades más desiguales son sociedades en las que aumenta la violencia y la criminalidad. La
desigualdad extrema corroe los cimientos democráticos y socava el crecimiento económico. También
exacerba la brecha entre hombres y mujeres y conduce a sociedades menos cohesionadas en las que
se reduce la movilidad social de tal forma que, generación tras generación, muchas familias continúan sumidas en la pobreza mientras otras disfrutan de posiciones privilegiadas.
Las corrosivas consecuencias de la desigualdad extrema afectan a todo el mundo, pero su impacto es
aún mayor en las personas más pobres y en los más vulnerables, reduciendo su esperanza de vida y
privándoles de sus derechos más básicos como el acceso al agua, a la atención sanitaria o a una
educación de calidad. En Etiopía, el 20% más pobre de la población tiene tres veces menos
posibilidades de asistir a la escuela que el 20% más rico.
Desde el comienzo de la crisis financiera, el número de milmillonarios1 se ha más que duplicado. Con una tasa de tan solo un 1,5% sobre la riqueza que han acumulado durante este período se podría haber recaudado suficientes fondos como para salvar 23 millones de vidas en los países más pobres.
Las pruebas también evidencian que la creciente brecha entre ricos y pobres socava la lucha contra la
pobreza. Según una nueva investigación de Oxfam, si la India pusiese freno al aumento de la
desigualdad, 90 millones de personas más podrían salir de la pobreza extrema en 2019.
”Ha habido una lucha de clases durante los últimos 20 años, y mi clase ha ganado.” Warren
Buffet.
La desigualdad no es inevitable. Es el resultado de decisiones políticas y económicas deliberadas e
intencionadas. El fundamentalismo de mercado y el secuestro democrático por parte de las élites que
resultan en leyes hechas a la medida de los intereses de unos pocos, son dos poderosos factores que
exacerban la desigualdad y que explican la espiral de crecimiento en la concentración de riqueza que se ha producido estos últimos años.
En su libro El Capital en el siglo XXI, Thomas Piketty argumenta que sin la intervención gubernamental, la economía de mercado tiende a acelerar la concentración de riqueza extrema. En América Latina y el Caribe, Asia, África y el antiguo bloque soviético, la desigualdad aumentó durante años como consecuencia de un torrente de desregulación, drásticos recortes del gasto público y privatizaciones aceleradas.
Las mujeres son quienes más sufren cuando los servicios públicos se deterioran, lo que incrementa aún más su carga de trabajo no remunerado. Por lo tanto, la desigualdad económica y la desigualdad de género aumentan al mismo tiempo.
A pesar de todo, a día de hoy, el fundamentalismo de mercado continúa dominando el pensamiento
económico. Durante mucho tiempo, la influencia y los intereses de las élites políticas y económicas han reforzado esta brecha de desigualdad. El poder económico influye sobre el poder político permitiendo a1 Designamos milmillonarios a aquellas personas que tienen más de mil millones de dólares las élites afianzar aún más sus injustos privilegios e impedir la puesta en marcha de políticas públicas
que puedan fortalecer los derechos de la mayoría. Así, nos encontramos con sistemas fiscales
regresivos e injustos, con una insuficiente inversión en políticas sociales y regulaciones internacionales
laxas que refuerzan los desequilibrios entre países.
¿Qué se puede hacer para acabar con la desigualdad extrema?
Los Gobiernos pueden comenzar a reducir la desigualdad cambiando las políticas públicas y
regulaciones que han dado lugar a la actual explosión de desigualdad, así como priorizando una mayor
redistribución de los recursos y del acceso al poder. Nadie debe quedarse fuera.
Es posible comenzar a revertir la desigualdad garantizando salarios y condiciones de trabajo dignos y
reduciendo las escalas salariales. Es clave poner fin a las desorbitadas remuneraciones de los directivos que conviven con los bajos salarios de las personas más pobres. En Sudáfrica, por ejemplo, un trabajador de una mina de platino tendría que trabajar 93 años para ganar el equivalente a la prima
media anual de un director ejecutivo.
También es urgente que se incorporen reformas fiscales para mejorar la progresividad y la equidad. Los Gobiernos deben garantizar que la carga fiscal se distribuya de forma justa, y que paguen más quienes más tienen. En Nicaragua, el esfuerzo fiscal de las personas más es mucho mayor que el de las rentas más elevadas. Pero también es fundamental que se articule una reforma del sistema fiscal internacional que ponga fin a las incoherencias y vacíos legales entre legislaciones nacionales. La evasión y elusión fiscal de las multinacionales y los más ricos suponen pérdidas potenciales de cientos de miles de millones de dólares que se escapan de las arcas públicas en todo el mundo, minando la capacidad de actuar a través de presupuestos nacionales enfocados hacia una mayor inversión social. Bangladesh, por ejemplo, pierde cada año el equivalente al 20% del presupuesto que destina a la educación primaria por la manipulación en los precios de transferencia, una de las estrategias utilizadas por las grandes corporaciones para reducir su contribución fiscal al mínimo.
Garantizar el acceso a servicios públicos gratuitos como la sanidad o la educación es una herramienta
esencial en la lucha contra la desigualdad. Hay demasiados Gobiernos que, bajo la presión de intereses particulares, privatizan estos servicios y aplican tarifas a los usuarios, socavando su potencial hacia una mayor movilidad social y minando los derechos de las personas más pobres que no pueden hacer frente al coste. Las políticas de protección social, como las pensiones y las prestaciones por desempleo pueden tener también un efecto "equilibrador" y contribuir a garantizar que todas las personas puedan vivir libres de miedo. Es necesario evaluar las políticas económicas de tal forma que éstas combatan al mismo tiempo la desigualdad económica y de género. Los servicios esenciales públicos y gratuitos, las prestaciones por menores a cargo y los salarios mínimos pueden producir este beneficio doble.
“Cuidado, compañeros plutócratas, que vienen las horcas.” Nick Hanauer, multimillonario
Las recientes manifestaciones multitudinarias en numerosos países (de Chile y Brasil a Islandia o
Hungría) han demostrado que personas de todo el mundo están dispuestas a no aceptar la injusticia de
unos sistemas fiscales que les piden un mayor esfuerzo o unos servicios públicos que no responden a
sus necesidades. La ciudadanía está rechazando que los Gobiernos se centren tan solo en los intereses
de unos pocos. Los Gobiernos deben ahora escuchar estas voces y no las de los plutócratas. Oxfam se
une al creciente movimiento para poner fin a la desigualdad extrema e insta a los responsables de la
toma de decisiones de todo el mundo a que lo hagan posible.
Este es un resumen del informe de Oxfam “Iguales: Acabemos con la desigualdad extrema. Es hora
de cambiar las reglas”.
Para más información, póngase en contacto con:
Teresa Cavero tcavero@oxfamintermon.org y Susana Ruiz sruiz@oxfamintermon.org
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